“Una sola salud” y el Convenio 191 OIT ratificado por España: el cambio climático y la globalización, más amenazas que nunca para la humanidad

“Una sola salud” y el Convenio 191 OIT ratificado por España: el cambio climático y la globalización, más amenazas que nunca para la humanidad

Cristóbal Molina Navarrete.
Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social.

María Marta Martínez Jiménez.
Profesora sustituta. Doctoranda de Derecho del Trabajo y Seguridad Social.

Universidad de Jaén

1.

Una nueva contradicción del modelo de gobernanza de la humanidad: a mayor riesgo global de inseguridad e insalubridad, menor inversión pública (“fatiga de equidad”). Si bien, afortunadamente, ha dejado de ser noticia, tanto en España como en el resto del mundo, por la correcta gestión sanitaria realizada por nuestro país en un ejemplo de cooperación solidaria con la OMS y los muchos países afectados, no es dudoso que el “brote de hantavirus” que ha sacudido a la comunidad mundial en días pasados representa una alerta para la seguridad y la salud de la humanidad que no debería caer en el olvido: como este virus (más letal que el coronavirus, pero menos contagioso) la comunidad científica estima que habría más de 10.000, la gran mayoría aún desconocidos. Por tanto, circularían de manera silente a través de los mamíferos silvestres, con alta capacidad de infección para las personas humanas (enfermedades infecciosas zoonóticas).

Por supuesto, la inmensa mayoría no tienen apenas potencial pandémico. Sin embargo, como también evidencian los estudios científicos, bastaría con que solo uno de ellos lo tuviera (ej. gripe aviar) para que, como en 2020 el coronavirus (SARS-CoV-2), desencadenara una tragedia para la entera humanidad. Desde esta perspectiva, más de concienciación social debida que de alarmismo vacuo, la OMS, en un plano general, acaba de advertir del peligro que supone convivir hoy con un riesgo elevado de una nueva emergencia sanitaria mientras que la inversión en salud pública se estanca, o retrocede en diversos países. Prueba concreta de ello es que ha declarado otra emergencia sanitaria por ébola en África.

Un estudio  de la Revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) confirma cómo el clima condiciona la aparición y propagación de muchas enfermedades zoonóticas, entre las que se encuentran el hantavirus, la rabia, la peste, el ántrax, el virus del Nilo Occidental y el Ébola. Por supuesto, como advirtiera el que fuera gran sociólogo U. Beck (sociedad del riesgo global) en modo alguno se trata solo de “amenazas naturales”, como pudiera pensarse en una primera y superficial lectura. Al contrario, estamos ante genuinos “riesgos globales fabricados”, creados o “inventados” por el sistema de economía de mercado y de gobernanza dominante en la humanidad, deteriorado a marchas forzadas por la imposición de un “nuevo orden” basado en la fuerza y en el primado de lo económico sobre todo lo que tiene que ver con lo social, también para la salud. El cambio climático antrópico y el modelo económico extractivo e intensivista de uso de los recursos de la Tierra, incluidos procesos como la globalización, económica (multiplicación de los intercambios comerciales entre países distantes) y social (intensificación de la circulación de personas -laboral, turismo-) crean más oportunidades para el intercambio viral entre especies de fauna silvestre, otrora aisladas geográficamente (especialmente en las regiones tropicales, que acogen la mayor cantidad de zoonosis y más rápido experimentan el calentamiento global).

Piénsese, para ilustrarlo de forma concreta, en que la cepa contagiosa del hantavirus es la de los Andes, la única transmisible de animales a humanos y en su base estuvo el “disfrute” de las personas de un crucero de una “zona de aventuras” en la que, además, había ratas contagiadas con el virus. Se da más, pues, en unos países como Chile y Argentina (Síndrome Pulmonar por Hantavirus). Por su parte, la OMS pone de manifiesto que, entre las causas de este nuevo brote de ébola (que no llega a ser epidemia en sentido estricto, pero sí una emergencia de importancia internacional), está la importante reducción de fondos para estas cuestiones, con la salida de Estados Unidos. Otros países, como Argentina, también lo han hecho. Otro ejemplo: el virus Nipah, que tiene una alta letalidad, pasó de sus reservorios habituales (murciélagos) a animales domésticos (cerdos) y de estos a humanos por cambios ecológicos por poner granjas porcinas en la selva. La deforestación facilita también el tránsito de virus entre animales hacia las personas.

2.

Lo que debimos aprender con la pandemia de covid19: «Una sola salud», enfoque integral para optimizar la salud humana, animal y de los ecosistemas. Cierto, a raíz de la pandemia surgieron iniciativas e instrumentos para responder a estos nuevos desafíos de salud, como el Fondo para Pandemias, a fin de contribuir a que los Estados se prepararan preventivamente para estas situaciones, que ya se estimaban más recurrentes y el Acuerdo de la OMS sobre Pandemias (20 de mayo de 2025). Pero su inefectividad es inequívoca, pues la evidencia nos dice que el riesgo social global de pandemia crece de forma preocupante, en un escenario de desconfianza de la ciudadanía (como analiza magistralmente la filósofa Victoria Camps) y de aumento de la desigualdad. El modelo económico extractivo y la cada vez menor equidad internacional perjudican, pues, gravemente la salud humana.

En suma, mientras que la comunidad científica dibuja un escenario futuro de brotes zoonóticos cada vez más frecuentes, por el modelo de organización económica (ej. hipermovilidad, ecoturismo, globalización) las instituciones parecen en menores condiciones de afrontarlos. De ahí, la alera y el lamento de la Junta de Vigilancia de la Preparación Global (GPMB, en inglés) que firman el informe “un mundo al borde del abismo”. El Informe no es pesimista, con todo, pues alerta del riesgo, pero expone las soluciones, que pasa por una solidaridad global y por la vigilancia permanente, con los recursos debidos, en lo que coinciden los estudios.

Lo paradójico, incluso más bien contradictorio, es que la pandemia de 2020 había supuesto la concienciación sobre la necesidad de un enfoque nuevo para la garantía de una vigilancia epidemiológica más eficaz: el enfoque One Health (Una Salud). En su virtud, se pone de manifiesto cómo la salud humana no puede ser escindida de la salud animal y, por tanto, de la ambiental. Solo su interconexión, no solo en el plano científico, también en el normativo y en el institucional, desde luego en el financiero, sería la clave de bóveda para afrontar el riesgo eco-social global que suponen las enfermedades zoonóticas emergentes, primando las acciones de carácter proactivo, sobre todo preventivo. La OMS consta cómo las actividades humanas someten a los ecosistemas a condiciones de estrés (ej. comercio de animales, agricultura y ganadería intensivas, las industrias extractivas, el cambio climático, ocupación de hábitats silvestres) que actúan como caldos de cultivo para la aparición y propagación de enfermedades.

El nuevo paradigma de «Una sola salud» se predica para una larga serie de aspectos (contempla básicamente 6 líneas de acción). Además de las referidas zoonosis y la resistencia a los antimicrobianos (RAM: cuando gérmenes como bacterias y parásitos desarrollan la capacidad de vencer a los fármacos diseñados para acabar con ellos y seguir propagándose), un lugar destacado presente la contaminación de los alimentos (en cualquier fase de la cadena de producción, entrega y consumo de alimentos, como norovirus, salmonella, listeria, etc.). De ahí que FAO se sumara al enfoque de “Una sola salud” como parte de la transformación de los sistemas agroalimentarios en beneficio de la salud de las personas, los animales, las plantas y el medio ambiente. Se presenta, así, como un aspecto esencial para una agricultura sostenible y los imperativos de seguridad, e incluso soberanía, alimentarias.

En el ámbito estricto de la salud ambiental, junto a la contaminación atmosférica (del aire), crucial resulta la lucha contra la contaminación de las aguas, también por su influencia en la salud humana, como incluso asume la reciente Directiva UE/2026/805, 30 de marzo, para la mejora del control de la calidad de las aguas. La apuesta no es solo de salud humana, sino también económica. Según el Banco Mundial, en 2022 se calculó que el beneficio previsto de «Una sola salud» para la comunidad mundial sería de al menos 37 000 millones al año de dólares. La inversión preventiva sería inferior al 10% de estos beneficios, por lo que su retorno, en términos no solo de reducción de riesgo social global sino económicos, estaría fuera de duda, pese a la involución institucional financiera en esta materia.

3.

Una sola salud también en el mundo del trabajo: la interacción entre la protección de riesgos laborales y los riesgos ambientales en el nuevo marco del Convenio 191 de la OIT. Es evidente que en este paradigma internacional de Una sola salud encuentra un refuerzo notable el enfoque integrador de la salud pública y la salud laboral, de modo que se elimine la fractura hoy existente entre el derecho a un entorno seguro y saludable interno a la prestación de servicios y el externo (ambiente exterior). Una interacción presente, sin duda, en la configuración del derecho a la seguridad y salud como fundamental, tras la versión enmendada de 2022 de la Declaración de la OIT de los principios y de derechos fundamentales. Un refuerzo jurídico de este derecho que adquiere hoy su sentido pleno, normativo e institucional, con el Convenio 191 de la OIT, ratificado por España.

Esta interacción entre salud pública vinculada al cambio climático y a los ya referidos procesos de globalización con la salud laboral se evidencia, desde el lado del ejemplo práctico, con la propia realidad de los contagios de hantavirus por una parte de la tripulación del barco de ocio en el que se produjo el brote. Es evidente que en todas las actividades humanas constitutivas, como hemos visto, de factores precursores de este intensificado riesgo social global de pandemias, hay presencia del factor humano laboral y, en consecuencia, no puede trazarse barrera o escudo alguno de protección de las personas trabajadoras respecto de los riesgos sufridos por la ciudadanía en general. De ahí, entre otras razones, de la importancia de que el pasado 28 de abril de 2026, coincidiendo con el Día Internacional de la Seguridad y la Salud en el Trabajo, el BOE publicara el Instrumento de adhesión al Convenio 191 OIT, sobre las enmiendas a ciertas normas consiguientes al reconocimiento de un entorno de trabajo seguro y saludable como principio fundamental, hecho en Ginebra el 12 de junio de 2023.

Este texto articula –en sus primeros comentarios– las enmiendas necesarias para materializar un hito histórico: la consagración del entorno de trabajo seguro y saludable como un derecho fundamental. No se trata solo de asegurar ahora ya condiciones de empleo y de trabajo seguras y saludables, sino que va más allá y ha de implicar a todos los factores ambientales que condicionan la prestación de los servicios, por cuenta ajena (también por cuenta propia, pues es un derecho con una vocación universal). Ahora que estamos en puertas de adentrarnos en los rigores del calor veraniego hay que recordar que el cambio climático antrópico impacta en la salud laboral, a raíz de los riesgos de estrés térmico y/o mala calidad del aire.

Los informes de la OIT son reiterativos. Los datos son tozudos y la necesidad de afrontar normativa, institucional y empresarialmente el reto preventivo de “Una sola salud”, también en su faceta laboral, inaplazable. No hay una actividad relevante que no evidencie esa interacción, incluso en el ya inminente campeonato mundial de fútbol en EEUU. Las altas temperaturas previstas que no son ajenas al cambio climático, como no lo es ni la organización de los partidos, en los que se ha previsto dos “pausas para la hidratación”, a fin de proteger de manera más eficaz la salud profesional de los jugadores, ni en la visión social, en la medida en que arrecian las críticas por el patrocinio de las empresas más representativas de la economía fósil y la resistencia a una transición hacia una economía ecológica. Los estudios (ej. el de World Weather Attribution -WWA- ) advierten de que al menos el 25% de los partidos del Mundial de fútbol masculino, patrocinado por la mayor empresa de combustibles fósiles, se celebrarán en condiciones de estrés térmico (temperatura del aire, humedad, radiación solar y velocidad del viento) peligrosas (28 grados Celsius WBGT –Wet Bulb Globe Temperature, en inglés, o temperatura de bulbo húmedo y globo, en castellano—, el equivalente a 38 grados de calor seco o 30 con alta humedad) para la salud profesional y de ciudadanía asistente.

No entramos aquí en si esa reorganización del partido con dos pausas, una por cada parte, de 3 minutos cada una, para la hidratación tienen un sentido más de prevención que de intereses económicos, o viceversa (las pausas multiplicarán los recursos por publicidad), o si hubiese sido mejor los cambios horarios (o que no se contempla por el coste en términos de derechos de audiencias televisivas). Lo que importa reseñar es que es hora de que también ámbitos sometidos a un marco regulador de autonomía, como el deporte rey, el fútbol, tenga en cuenta cuestiones como la salud de las personas, en especial profesionales (también otros deportes, como el tenis) ante el claro impacto del cambio climático y el estrés térmico ligado.

Por supuesto, otros conflictos eco-sociales se vinculan a este gran evento global deportivo, como las protestas del sector agrario (no solo, también educativo y de transportes) mexicano, que amaga con un boicot al Mundial masculino (hay que recordar que en México se celebrarán 13 partidos):

Que quede muy claro que en este momento estamos en el punto de negociar [por precios justos para el campo y frenos a las importanciones realizadas en condiciones desleales], pero si no hay negociación, el campo se va a levantar

La salud del campo estaría en juego a través de políticas adecuadas para el desarrollo económico. Volviendo más directamente al paradigma Una sola salud también los sistemas sanitarios empiezan a recetar, además de actividad deportiva (hábitos saludables), más contacto con la naturaleza. Se trata de la prescripción verde. Pero es evidente que, si esa naturaleza no es, ella misma, saludable, con entornos seguros, limpios y sostenibles, difícilmente aportará salud humana. Tres serían las peticiones a la gobernanza política global:

  1. Un sistema de vigilancia permanente y autónoma de rastreo del riesgo de pandemias
  2. Acceso equitativo a vacunas, pruebas y tratamientos (adhesión al Acuerdo sobre Pandemias)
  3. Asegurar una financiación sólida para anticipar y afrontar el «día cero»