De la “escasez” a la “bancarrota hídrica”: Un Estudio de la ONU alerta de que al planeta está agotando el crédito de agua dulce
Cristóbal Molina Navarrete.
Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social.
Alfonso Parras Martin.
Profesor Titular de Derecho Mercantil.
Universidad de Jaén.
«Agua y género: donde el agua fluye, la igualdad crece».
Lema de la ONU del Día Mundial del Agua (22/03/2026)
1.
¿Si llueve porque el Planeta Tierra está en “bancarrota hídrica”? Podría pensarse que este año, el Día Mundial del Agua, 22 de marzo de 2026, al menos en España, sería un momento especialmente “dulce” respecto al estado de situación hídrica, propicio para celebrar, por las abundantísimas lluvias, incluso en forma de inundaciones, que han caído meses atrás. También por ser un año muy bueno de nieves (“año de nieves, año de bienes”). Incluso se habla de “milagros hídricos”, como en las Lagunas de Ruidera, hoy rebosantes, sin embargo, la ONU, en esta ocasión ha aprovechado la efeméride para poner de manifiesto la profunda crisis hídrica que atravesamos en todo el mundo y su papel, cada vez más relevante, en la movilidad por cambio climático (una fuente de las llamadas personas refugiadas climáticas), por sequías, inundaciones y aguas en mal estado (contaminaciones, salinidades).
Más aún. Una reciente informe-auditoría a cargo del Instituto de las Naciones Unidas para el Agua, Salud y Ambiente (Informe de UNU-INWEH: Madani, K., 2026: La bancarrota mundial del agua: Vivir más allá de nuestros recursos hidrológicos en la era posterior a la crisis, Canadá) estima que hemos alcanzado ya un estado de “bancarrota o quiebra hídrica global”, entendiendo por tal (Madani, K. Quiebra hídrica: la definición formal. Water Resour Manage 40 , 78, 2026):
“un punto de no retorno para ciertos sistemas donde la demanda humana ha agotado irreversiblemente los ahorros acuíferos y secado los pozos del futuro, poniendo en riesgo el conjunto del sistema hídrico del planeta”.
La quiebra global hídrica sería el nombre científico-social formal para este estado de superación de la precedente crisis de escasez de agua (estrés), definido por:
(1) la sobreexplotación crónica (ampliación de las superficies de riego sin planificación, pozos cada vez más profundos y bombas de extracción más potentes, trasvases entre cuencas y desvío de ríos, acuíferos agotados, etc.) en relación con los flujos renovables y los niveles seguros de agotamiento; y
(2) la pérdida irreversible, o excesivamente onerosa, del capital natural (recursos hídricos) planetario
No, no sería solo una “metáfora” para enfatizar la escasez hídrica crónica de agua dulce que venimos padeciendo. Si hasta ahora se ha preferido hablar de “escasez de agua”, de “estrés hídrico”, la escalada a un concepto más grave, la quiebra, reflejaría un estado hídrico en el que, al igual que en la financiera, se ha gastado más agua de la que se puede regenerar, tratar o gestionar de forma sostenible. Por tanto, se ha provocado no solo una “crisis global de liquidez hídrica” (el nivel de agua dulce disponible en el presente), sino de una auténtica “insolvencia hídrica” (indisponibilidad futura), lo que amenaza su viabilidad. En suma, un buen número de sistemas hídricos naturales habrían sobrepasado su umbral de recuperación de forma irreversible o de recuperación excesivamente onerosa.
2.
El agua, de una fuente creciente de riesgo socioeconómico y existencial, a una oportunidad de desarrollo sostenible en un mundo fragmentado. No es, pues, un problema natural, de sequías prolongadas y/o inundaciones cada vez más usuales, sino un riesgo socioeconómico inventado por un sistema de gestión de mercado que, desde hace años, intensifica un modelo extractivo insostenible. Como en una quiebra financiera en sentido estricto, el informe demanda reconocer en la actual quiebra hídrica la gravedad de la situación. Sería un “error estratégico” tanto negarse a reconocer la insolvencia hídrica como retrasar una solución eficaz.
En sistemas hídricos quebrados, pasando de un concepto eco-ingenieril hídrico (estrés hídrico) a otro típicamente “jurídico-financiero” (bancarrota hídrica), las promesas políticas continuas de restablecer los perdidos equilibrios precedentes son poco realistas. La confianza pública se beneficia más de un reconocimiento transparente de las limitaciones y las pérdidas, porque facilitaría decisiones de transición hídrica socialmente justa, en la línea que venimos predicando en este Proyecto de Investigación, pasando desde el modelo de expansión de la oferta a la reducción y reasignación de la demanda con criterios sociales. Desde esta perspectiva, pese a la seriedad y gravedad de la crisis que presenta, el informe no asume una posición derrotista, sino esperanzada.
La gestión económica del agua no sería solo una fuente creciente de graves riesgos sistémicos, ofrece, como toda crisis, una oportunidad de cambio sistémico hacia un modelo más sostenible e inclusivo. Para e Informe, el reconocimiento oficial de la necesidad y urgencia de la reasignación social de recursos debe fomentar el diseño de normas transparentes y basadas en principios de distribución equitativa de los recursos hídricos disponibles (presentes y -limitados- futuros). Sin embargo:
“estas normas no son neutrales en cuanto a valores; la elección de la norma a aplicar implica juicios sobre equidad y poder. Combinarlas con procesos participativos y sólidas redes de protección social es fundamental para evitar que la gestión de la quiebra se convierta en…despojo”.
Urge pasar, pues, de la “verdad incómoda” (muchas regiones están viviendo por encima de sus posibilidades hidrológicas) a las soluciones realistas y justas.
3.
Brechas hídricas de género: una transición hídrica socialmente justa, también cuestión de género. Una genuina “quiebra hídrica”, a semejanza de los estados financieros de empresas insolventes, reclama acciones estratégicas urgentes. En todo el ciclo de gestión del agua, naturalmente, pero sobre todo en el sector que más consume, la agricultura. La necesidad de acelerar su reconversión en clave del principio de sostenibilidad socialmente justa se intensifica, apenas se tenga en cuenta que la FAO estima que, en 2050, deberá doblarse la producción mundial de alimentos para sostener la población. Pero el Día Internacional del Agua 2026, que da un paso más en la solución a la crisis sistémica de agua como uno de los mayores desafíos globales del siglo XXI , ha aprovechado el momento para dar visibilidad a uno de las dimensiones de los programas de desigualdad en la gestión del agua que menos se trata: la desigualdad de género.
En esta perspectiva, de especial interés es el Informe Mundial de la ONU sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos 2026: “Agua para todas las personas, igualdad de derechos y oportunidades; datos y cifras”. Explica como las desigualdades en el acceso al agua afectan desproporcionadamente a mujeres y niñas (responsables de la recolección de agua para sus hogares, implica largas distancias, riesgos a su seguridad y gran carga física). Limita, así, salud, educación, empleo, servicios de saneamiento y, en definitiva, oportunidades, exponiéndolas a condiciones de vulnerabilidad en espacios públicos, escuelas y centros de trabajo
En suma, el mensaje no puede ser más claro: hay que optimizar cada gota de agua, no solo a través del uso de la tecnología digital (y las infraestructuras), sino de criterios de distribución social equitativos y eficientes, económica y socialmente. Para eso se precisa renovar el marco jurídico, internacional, comunitario y estatal, promover políticas de reparto del agua con criterios de eficiencia hídrica y equidad social, así como mayores y mejores inversiones.